LEIBNIZ. EL MUNDO DE LA MÓNADA

Gottfried Leibniz (Leipzig, 1646 - Hannover, 1716) fue un filósofo, matemático, jurista, bibliotecario y político alemán.

Creó su sistema como una reacción a las ultimas consecuencias a las que había llegado el racionalismo cartesiano.

Descartes defendía que la materia había sido desposeída de todo tipo de cualidades y formas, y el mundo quedaba reducido a la categoría de un mundo-máquina en el que todo se explicaba por extensión y movimiento.

El dualismo al que había llegado Descartes había escindido la unidad del mundo, unidad que va a intentar restablecer Leibniz. Devolverá la unidad al mundo desde la pluralidad y la multiplicidad substancial.

Para hallar las últimas razones explicativas del mundo, de los cuerpos y de sus relaciones, hay que dirigirse a la metafísica y no a las matemáticas, como hizo Descartes. Es la metafísica la que debe guiar la investigación del filósofo en busca de los principios que avalen la unidad de la naturaleza como un todo indisoluble."

La materia no puede ser meramente extensión en el espacio y en el tiempo, no puede ser simple inercia y pasividad. Ella ha de poseer un principio motriz y activo que explique su unicidad.

Contra el mecanicismo: las mónadas

La introducción de la fuerza como principio metafísico, significa la desaparición de la concepción mecanicista de la naturaleza, y que en los cuerpos hay una automovilidad que va a ser lo que caracterice a la materia.

Existe un gran organismo. Los animales no son máquinas cuyo funcionamiento pueda explicarse mecánicamente.

La esencia de la materia debe ser pensada como algo unitario. Es la fuerza la encargada de dotar de unidad real a los entes.


Intenta extraer de Aristóteles, aquello que va a ser el pilar de su sistema, esto es, las formas substanciales o los átomos formales. Son éstos los que van a constituir la verdadera composición de lo real, y la fuerza será lo que los caracterice.


La naturaleza se mueve, y se desenvuelve por sí misma, y desde dentro de sí misma gracias a este núcleo energético.


Las formas van a ser elaboradas a imagen de las almas, como principios que ceden actividad. 
No obstante, esas formas substanciales no pueden dar razón de las particularidades concretas de la naturaleza (explicables por las leyes mecánicas), sino que las substancias, o Mónadas como luego se las llamará, solo pueden dar cuenta de los principios primeros y más generales de la naturaleza.

"Es cierto que, cuando muchos predicados se atribuyen a un sujeto, y este sujeto no "Es cierto que, cuando muchos predicados se atribuyen a un sujeto, y este sujeto no se atribuye a ningún otro, se le llama substancia individual; pero esto no es bastante y semejante explicación es, tan sólo, nominal. La naturaleza de un ser perfecto consiste en tener una noción tan acabada de él, que bastase para comprender y para deducir de ella todos los predicados del sujeto a quien se atribuye esta noción".

El principio de contradicción y el de razón suficiente

Para Spinoza, Dios era el sustentador de los entes, y éstos eran sus predicados. Sin embargo, con Leibniz nos hallamos con una multiplicidad infinita de substancias individuales que están constantemente desplegando sus predicados. Esos predicados son la explicitación de Dios.

Los predicados individuales no expresan totalmente a Dios, sino que lo hacen sólo parcialmente; cada uno de ellos es, no obstante, una unidad relativa en la que todo existe de una manera individual, parcial. La teoría de la verdad va a estar en conexión con otros dos principios fundamentales: el principio de contradicción y el principio de razón suficiente:

"Nuestros razonamientos de fundan en dos grandes principios: el de contradicción, en virtud del cual juzgamos falso lo que encierra contradicción, y verdadero, lo opuesto o contradictorio a lo falso. Y el de razón suficiente, en virtud de el cual consideramos que ningún hecho puede ser verdadero o existente y ninguna enunciación verdadera sin que de ello haya una razón bastante para que se así. Aunque las más veces esas razones no puede ser conocidas por nosotros"

Una vez que acontece un hecho determinado, hay siempre una razón que lo hace comprensible. Hay cosas en este mundo que no pueden ser de otro modo a como son; son cosas inmutables y eternas, cuya razón es su misma necesidad o existencia (ipsa necessitas seu essenta). Una ecuación matemática cumpliría este requerimiento, pero en el mundo real las cosas que acontecen quizás pudieran ser de otro modo. Y aun así, los entes reales no carecen de una razón suficiente para ser como son. En el caso de los seres que observamos en el mundo, como la totalidad de sus predicados no se dan "de golpe", sino que se van presentando en el tiempo formando una serie ilimitada de repliegues, hay que buscar una causa externa a ese ser, que sea a la vez, su principio y su fin: Dios.

"Y así la razón última de las cosas debe hallarse en una substancia necesaria, en la cual el detalle de los cambios esté solo eminentemente, como en su originen; y esto es lo que llamamos Dios"

Dios es, entonces, "una consecuencia simple del ser posible", porque sólo un ser perfecto e infinito "debe ser incapaz de admitir límites y ha de contener tanta realidad cuanta sea posible" (Monadología, 40, pag. 393). Y así las cosas ¿Qué caracteriza a esas substancias? ¿Qué relación mantienen con su causa?

La fuerza es lo que caracteriza esencialmente a la substancia, lo que le da movilidad y lo que, en ultima instancia, conserva a ésta en una coherente unidad. Pero estas fuerzas primitivas, núcleos motrices, no han podido ser generadas más que por una causa infinita y eterna, es decir, han debido ser generadas e impresas en la substancia desde el principio. El que una substancia sea tal, corre paralelo al primitivo origen del principio energético y formal que la anima; pero es más: al ser ellas partes constituyentes de todos los entes, no sólo ellas han de existir ab initio, sino también el mundo:

"Así pues, exceptuando las almas que Dios quiera crear expresamente, vaíame precisado a reconocer que las formas constitutivas de las substancias tienen que haber sido creadas con el mundo, y que subsisten siempre"

Dios, por tanto, ha creado las substancias; pero este hecho no es arbitrario. Aquí se nos presenta un Dios que obra racionalmente. El principio de razón suficiente tiene un significado teleológico; es decir, él expresa que todo lo real se ha de ajustar, pada poder serlo, al logro del mayor sentido y coherencia en el ente finito. Dios, por tanto, no obra libremente, sino que él mismo, por el contrario, está también determinado por el principio de razón suficiente.

Aunque esencialmente y en relación a un principio casual todas las substancias son iguales , cosa que para Leibniz es imposible, pues se contradice con el principio de los indiscernibles, las substancias mantienen entre sí cierto orden dentro del mundo. Las substancias están jerarquizadas no sólo a causa de su estructura interna, sino de las relaciones que mantienen otras estructuras con ellas y de los lazos que mantiene el conjunto, el todo, con su particularidad de ser.

"Si las mónadas careciesen de cualidades, serían indistinguibles unas de otras, ya que, en cantidad, no difieren; y por consiguiente, supuesto lo lleno, un lugar cualquiera no recibiría nunca, en el movimiento, sino lo equivalente de lo que había tenido, y un estado de cosas sería indiscernible de otro"

Tiene que haber un "detalle de lo que cambia", para que surja la individuación que haga posible que cada mónada se disperse en una multiplicidad de cualidades y determinaciones que la haga ser otra.

Hay almas racionales o formas espirituales, y hay formas ordinarias o insertas en la materia. Las primeras son de orden superior y tienen una mayor perfección. Son como pequeños dioses hechos a imagen de Dios y portadores de algún resplandor de las luces de la divinidad.

Esta prioridad del alma respecto de las formas ordinarias supone que todo está fundamentalmente hecho y producido para ellas.

Inmortalidad: animalculismo y preformación


Si las substancias ni nacen ni perecen, tampoco los animales y las substancias organizadas estarán sujetos a generación y corrupción. Los cuerpos animales han de haber existido desde un principio, cuando fueron generados con el mundo.

Hay un asombroso parecido entre la teoría de los gérmenes preexistentes del naturalista y anatómico holandés Swammerdan y la teoría leibniziana de la substancia.

El naturalista sostenía que Dios había creado en un sólo instante todos los seres vivientes, y que habían sido creados bajo la forma de gérmenes extremadamente pequeños, sólo visibles mediante un microscopio.

Para Leibniz las substancias, las formas primitivas, han nacido con el mundo. Los animales no han podido generarse a partir de la materia meramente extensa. Todas las formas animales existen desde un principio:

"...los cuerpos orgánicos de la naturaleza no son nunca productos de un caos o de una putrefacción, sino siempre de simientes, en las cuales había, sin duda, cierta preformación"

Del biólogo Loewenhoek aprovechó la 'Teoría de los Animálculos Espermáticos', para anular la validez del concepto de metempsícosis o transmigración de las almas:

"Así el alma cambia de cuerpo poco a poco y por grados, de suerte que no se ve despoblada nunca de golpe de todos sus órganos; hay a menudo metamorfosis en los animales, pero nunca metempsícosis ni transmigración de las almas. Y lo que llamamos generaciones son desenvolvimientos y acrecentamientos. Ni tampoco hay almas totalmente separadas, ni genios sin cuerpo. Sólo Dios está enteramente desprovisto de él".

El animalculismo era un sistema que afirmaba que sólamente los animalillos espermáticos eran capaces de producir un embrión animal. Los cuerpos no proceden de la pura extensión, sinó de un principio de movimiento (alma) desde la creación.

Leibniz va a incorporar estas doctrinas, insertándolas en su teoría metafísica de la substancia:

" Y puesto que no hay en el animal nacimiento ni generación enteramente nueva, síguese que no habrá extinción final ni muerte completa, en el rigor metafísico de la palabra; y que, por consiguiente, en lugar de la transmigración de las almas, lo que hay es transformación de un mismo animal, según que los órganos estén dispuestos de un modo u otro o más o menos desarrollados".


Transformación, envolvimiento, metamorfosis...todas estas palabras pretenecen al campo semántico de lo móvil, de lo indeterminado, de lo no acabado o lo que no ha llegado a su fin, qizás porque éste no es sino su continuo ir haciéndose, ir transformándose a través de los múltiples repliegues que adquiere en su desenvolmimiento. Lo que es, lo que hay ya está dado de antemano. El mundo es siempre el mismo mundo, un mundo viejo que sólo puede mostrar su identidad a partir de la diferencia, generarse a sí mismo a través de la pluralidad de cualidades y aspectos que van surgiendo desde dentro de él mismo.


La metamorfosis se oculta tras la máscara, el aspecto, igual que la crisálida se esconde en su capullo y no nos revela la hermosura de su nueva apariencia hasta que ésta toma una forma temporal. El acabamiento, la cosificación de "lo natural" es una gran mentira: un disfraz que oculta nuevas y secretas transformaciones.

El mundo es, por lo tanto, un ir desplegándose y replegándose lo mismo en lo mismo bajo apariencias diversas que, por un lado,individualizan a cada parte (aparición) del conjunto y, por otra, conectan a cada individuo con el todo, formando una unidad compacta.

De esta manera no es de extrañar que Leibniz haga uso del campo semántico de las trasnformaciones y metamorfosis para explicar su teoría de la inmortalidad:

"Se ha juzgado que no sólo el cuerpo orgánico estaba en ellas ('preformado en los animales espermáticos') antes de la concepción, sino también que había un alma en ese cuerpo y, en una palabra, estaba el animal mismo, y que por medio de la concepción, el animal quedó dispuesto para una gran transformación y llegar a ser animal de otra especie. Algo semejante a ésto se ve, aparte de la generación, cuando los gusanos se tornan mariposas y moscas."

"No hay nadie, pues, capaz de señalar bien el verdader momento de la muerte, la cual puede por mucho tiempo considerarse como una mera suspensión de las acciones notables y, en el fondo, nunca es otra cosa en los simples animales; atestíguanlo las resurrecciones de las moscas ahogadas y luego enterradas en creta pulverizada y otros varios ejemplos semejantes."

Percepción y apetición. El alma


No hay muerte; sólo hay transformación. Lo que ocurre es que no podemos percibir las mutaciones de las almas ni tampoco de los cuerpos, puesto que estas adquiern de nuevo y mediante una involución, la forma y el aspecto que tenían antes de "aparecer" bajo su aspecto conocido.

El animal siempre ha estado animado y organizado, y no puede perder ese estado, a no ser por aniquilación divina. No hay nada inerte en la naturaleza; todo posee un principio energético y formal.


Las substancias, aun existiendo todas desde siempre, no son todas iguales. El elemento diferenciador de las substancias va a ser la percepción. Cada mónada tiene percepciones distintas, es decir, representaciones del "mundo externo" que son cualitativamente diferentes y tienen distintos grados de claridad o confusión. Además de esto, lo que diferencia a unas mónadas de otras es la apetición, que todas poseen:


"Una mónada, en sí misma y en el momento, no puede ser discernida de otra sino sólo por las cualidades y acciones internas, las cuales no pueden ser otra cosa que sus percepciones - es decir, las representaciones de lo compuesto o lo que está fuera, en lo simple (y sus apeticiones) es decir, tendencias de una precepción a otra, que son los principios del cambio porque la simplicidad de la substancia no es obstáculo a la multiplicidad de las modificaciones, que deben hallarse juntas en la misma substancia simple y deben consistir en la variedad de las relaciones con las cosas que está fuera."


La unidad real simple de la mónada consiste en un unificar que descansa en sí mismo: es un unificar que produce la propia multiplicidad. La unidad, como unificación que pliega y despliega su propia multiplicidad heterogénea tiene el caracter de una representación: algo que se impone al sujeto desde dentro de sí mismo y para sí mismo.


La multiplicidad generada en y para cada mónada es algo finito y no es nunca del todo ente, por eso, todo estado de una mónada implica el tránsito al estado siguiente. Las percepciones son pasajeras, por lo que la apetición es necesaria.


"La acción del principio interno, que verifica el cambio o tránsito de una percepción a otra, puede llamarse apetición"


Ahora bien; no todas las percepciones son apercepciones, o lo que es lo mismo, no todas van acompañadas de autoconciencia. La percepción es sólo el devenir de una multiplicidad en una unidad. Lo uno o lo simple unifica consigo lo múltiple, produciéndolo para sí. Por este motivo, la multiplicidad que entra en una mónada tiene que estar determinada desde el interior de la misma mónada. De lo contrario, su unidad sería la de un puro agregado.

"Podría darse el nombre de entelequia a todas las substancias simples o mónadas creadas, pues tienen en sí mismas cierta perfección y hay en ellas una suficiencia que las hace fuente de sus acciones internas y, por decirlo así, autómatas incorpóreos."

El nombre "alma" va a quedar reservado sólo para aquellas mónadas que además de tener percepciones y apetitos, tengan también memoria. Los animaletambién serán portadores de un ámbito antes sólo reservado al género humano. Pero ello no elimina las diferencias. Si bien animales y hombres hacen uso de un alma con memoria, sólo el hombre puede ser autoconsciente y reflexionar sobre lo memorizado. La razón sigue siendo privilegio humano:


"Hay en las percepciones de los animales cierto enlace que remeda la razón; pero se funda sólo en la memoria de los hechos, y de ningún modo en el conocimiento de las causas.(...) Pero el verdader conocimiento depende de las verdades necesarias o eternas, como son las de la lógica, los números, la geometría, que constituyen la conexión indubitable de las ideas y las consecuencias infalibles. Los animales en los cuales no se advierten estas consecuencias, llámanse bestias; pero los que conocen esas verdades necesarias son propiamente los llamados animales racionales, y sus almas llevan el nombre de espíritus."


Son las almas racionales las que pueden reflexionar sobre las verdades y las cosas inmateriales, y por ello son más perfectas y tienen un orden de importancia mayor que las otras.


Hay una tendencia finalista en el universo, considerado éste como un todo. El conjunto de sus elementos tiende a la percepción y este tender está él mismo implícito en la estructura del universo. El mundo se desarrolla él mismo y por sí mismo hasta alcanzar la perfección, así como para que las almas también la alcancen.


Dios ha creado un mundo que se basta por sí mismo aunque esto no lo asemeja, ni mucho menos, a una máquina artificial. El mundo es como un gran organismo vivo que se regula a sí mismo y que perdura en su identidad a través de sus múltiples cambios.


El universo es indestructible e indivisible, y abarca en sí a la pluralidad de los entes, de las substancias, constituyéndose en una unidad total y absoluta preformada por Dios.


El universo es una unidad de unidades, un todo de partes ellas mismas indivisibles, independientes y cerradas.


El sistema leibniziano se asemeja a esos dibujos en los que hay representada una ventana que, a su vez, se abre a otra ventana y a través de la cual vemos otra ventana más y así, ad infinitum.


Dentro del sistema global de las substancias, el alma ocupa un lugar privilegiado gracias a su capacidad unificadora o "atractiva". En el caso de los hombres, proporciona su "yo". Dentro del compuesto, en el aggregatum , se halla un núcleo simple, el alma, cuya actividad fundamental es la fusión del compuesto a través de un principio vital y perceptivo sin el cual las partes del agregado, "de la muchedumbre", dejarían de existir manteniendo su individualidad.

La unidad es la forma de organizarse y ajustarse los miembros en lo compuesto, formando un ente indisoluble.

Comunicación entre substancias. La repraesentatio mundi


Pero, avanzando un poco más ¿De qué manera están unidas entre sí las substancias?

Descartes no pudo explicar la comunicación de las substancias, al haber introducido en el mundo una escisión radical entre dos órdenes que eran, de suyo, incompatibles entre sí: la res cogitans y la res extensa.

Los ocasionalistas tampoco explicaron esta relación, viéndose obligados a recurrir al milagro para que la acción de unas substancias sobre otras se mantuviera:

"Descartes al llegar a este punto, abandonó la partida, a lo menos, así se infiere de sus escritos; pero sus discípulos, viendo que la opinión común es inconcebible, juzgaron que sentimos las cualidades de los cuerpos, porque Dios hace que en el alma nazcan pensamientos con ocasión de los movimientos de la materia y cuando, a su vez, el alma quiere mover el cuerpo, juzgaron que Dios es quien lo mueve por ella. Y como la comunicación de los movimientos les parecía inconcebible, creyeron que Dios da un movimiento a un cuerpo con ocasión de los movimientos de otros cuerpos."


La hipótesis del Deus ex machina no basta para dar razón de la relación de las substancias entre sí y con el mundo.


Leibniz niega que una mónada pueda obrar sobre otra. El principio de todo lo que hace o le acontece a la mónada es exclusivamente interno a ella; nada puede recibir de otra mónada. La razón de todo lo que abarca la mónada no puede estar más que en la mónada misma, en tanto que es una parte necesaria en correspondencia necesaria con las demás partes que componen el universo.

En última instancia es Dios el responsable de la producción continua de las cosas, ya que él ha garantizado la perfecta conexión del mundo como un todo desde el momento de la creación.


No obstante Dios ha imprimido en las substancias, desde su origen, las leyes de su propio desarrollo y desenvolvimiento y, por lo tanto, no tiene que estar continuamente "produciendo milagros", es decir, actuando sobre el mundo, porque para eso dotó a las substancias de un principio interno de acción.


"Pero en las substancias simples, esa es influencia ideal de una mónada sobre otra, lo cual no puede tener efecto a no ser por intervención de Dios, en cuanto que, en las ideas de Dios, una mónada solicita, con razón, que Dios, al regular las demás, desde el comienzo de las cosas, la tenga en cuenta."


"Y por esto, entre las criaturas, las acciones y pasiones son mutuas. Pues Dios, comparando las substancias simples, halla en cada una de ellas razones que le obligan a acomodar la otra a la primera; y por consiguiente, lo que en ciertos respectos es pasivo, es activo visto desde otro punto de vista".


Las relaciones entre mónadas son descritas en términos de acción y pasión. La acción es el cambio interior de una mónada que aumenta la riqueza de su expresión; las pasiones son los cambios interiores de una mónada que, en correspondencia con la acción de otra mónada, disminiye la riqueza de su pluralidad de expresión. Sin embargo, esa acción no pasa de una mónada a otra.

La única relación entre mónadas es que las representaciones de ellas concuerden entre sí en todos los momentos.

Es imposible un contacto directo entre las substancias. Si el mundo no es una serie de episodios dispersos sin ningún orden se debe a que existe una estrecha concordancia y relación entre las representaciones en cada substancia y entre las substancias. A esto lo denominó Leibniz comunicación de las substancias.

"Y sin embargo, es muy cierto que las percepciones o expresiones de todas las substancias se corresponden mutuamente, de suerte que cada cual, siguiendo con cuidado ciertas rezones o leyes que ha observado, se encuentra con otro que ha hecho otro tanto, al modo que cuando convienen muchos en reunirse en un paraje dado y en día fijo, lo pueden hacer efectivamente si quieren. Mas aunque todas expresan los mismos fenómenos, no por eso hay precisión de que sus expresiones sean perfectamente semejantes, sino que basta que sean proporcionales."

El mundo es una totalidad cooperante. Cada substancia representa el universo entero a su manera y según su punto de vista. Cada substancia es un espejo del universo, una repraesentatio mundi.


El mundo es un complejo compuesto por una pluralidad infinita de substancias singulares que están en mutua conexión y dependencia. Las representaciones del mundo en cada substancia y según su punto de vista, otorgan, así mismo, el caracter individual y particular de cada mónada: no hay dos substancias iguales porque todas representan el universo desde puntos de vista diversos; porque todas son repraesentationes mundi desde perspectivas esenciales distintas. Y, sin embargo, aunque todas las representaciones son desiguales, no por ello dejan de concordar unas con otras. Esas visiones del mundo mantienen entre sí una extraordinaria proporcionalidad debida, quizás, a su origen común: Dios. Un origen que se regía por una racionalidad absoluta. Hay una total unión y trabazón de todo con todo. El mundo, en su totalidad, está en el alma, en las substancias pero también las substancias están en el mundo.


La relación macrocosmos-microcosmos se halla contraída de una manera única y total en cada una de ellas:

"Este enlace, pues, o acomodo de todas las cosas con una y de una con todas las demás, hace que cada substancia simple tenga relaciones que expresen todas las demás, y sea, por consiguiente, un viviente espejo perpetuo del universo. (...) así, por la multitud infinita de substancias simples, hay como otros tantos universos diferentes, lo cuales no son, sin embargo, sino perspectivas de uno sólo, según los diferentes puntos de vista de cada mónada."


Por tanto, todo lo que le sucede a la substancia, está ya contenida en ella misma: presente, pasado y futuro están formalmente insitos en ella desde el principio. La serie de las representaciones que produce el alma para sí misma, responderá de manera natural a las series de los cambios producidos en el universo.

La fuerza motriz de la substancia, su primitivo punto de vista desplegado en un movimiento sin fin, acoge dentro de él la unidad y la refleja. Nada está aislado; nada hay estéril o inútil:


"Síguese de la suprema perfección de Dios que, al producir el universo, ha elegido el mejor plan posible, donde hay la mayor variedad con el mayor orden; donde están el terreno, el lugar y el tiempo mejor dispuestos; donde el efecto es mayor por los más simples conductos."


Pero volvamos a los campos semánticos. Una de las cosas que más llama la atención al leer a Leibniz es la cantidad de palabras sinónimas utilizadas para caracterizar a las substancias: proporción, aggregatum, apetito, conveniencia,... Todas ellas hacen referencia a la categoría de la relación. Categoría que cobra una extremada importancia en el desarrollo del sistema filosófico del autor.


Lo que determina a la substancia es la red de sus múltiples relaciones, no sólo con lo externo a ella (relación entre representaciones de las distintas mónadas), sino también consigo misma: las mónadas forman compuestos que no son sino enlaces entre distintas unidades; unidades estas que no van a tener el mismo tipo de estatus entre sí. Hay mónadas que ostentan una jerarquía mayor que otras. Hay mónadas que forman los cuerpos y mónadas que componen las almas y los espíritus. Pero es más; el principio de individuación de la substancia ya no es inherente al sujeto, ni siquiera accidentalmente, o por lo menos, no es sólo algo inherente al sujeto lo que conforma su individuación. Hay algo más; algo que no es la substancia misma pero que se encuentra en ella de una manera fraccionada, en perspectiva.


La individuación ahora sólo es posible haciendo relación a algo; diciendo referencialmente relación a otros que no soy yo mismo. Es la repraesentatio mundi, entendida como una visión particular del mundo, que está supeditada a otras visiones distintas de la propia, la que va a propiciar que la substancia se constituya como un individuo concreto, discernible de los demás.


Si el ser de la mónada es ese irse plegando y desplegando a través de sus sucesivas representaciones, que conforman su imagen del mundo, y ese ir plegándose tiene que amoldarse a las transformaciones de cada una y todas las mónadas existentes, la particularidad de cada substancia no será sino el manojo, el haz de todas las posibles relaciones que configuran su propia relación.


Cada substancia tiene que amoldarse a las demás antes de poder delimitar lo que ella es. La individuación se realiza por medio de un mutuo ajuste. Las partes del todo, para salvar su particularidad, han de subordinarse al todo que, a su vez y para no perder su unidad, tiene que adaptarse a la parte.

El universo es la infinita estructura de relaciones entre las partes y el todo; el irse formando enlaces que, por ser ellos mismos inestables, contribuyen a la inalterabilidad del conjunto.

La idea de una armonía universal sólo es pensable cuando se realiza entre términos que poseen su propio principio de movimiento; es decir: entre elementos auto-móviles, pues donde no hay acción, no hay relación.

Otro requisito necesario para que sea viable una armonía universal es que los términos conctados tienen que ser conmensurables, esto es; tiene que darse una proporcionabilidad entre ellos que de razón de la necesidad de su unión. Ya que, si el enlace entre los elementos fuese meramente contingente, la racionalidad del mundo se vendría abajo y el universo quedaría sumido en la indeterminación de sus propias idas y venidas arbitrarias.


Para excluir la posibilidad de que esto ocurra, y porque de hecho observamos que esto no ocurre, Leibniz buscó el lugar de la proporción en Dios: como principio homogéneo de todas las substancias Dios es el horizonte de la complicada red de relaciones y trabazones que establecen los elementos del mundo para conservar su unidad. Y, por eso, él mismo no deja de ser un término, aunque el más importante, de la relación.


Siendo así las cosas, lo único que podría liberar a las substancias del yugo de su pertenencia a la estructura del mundo sería la muerte. Sólo dejendo de ser algo activo, unicamente muriendo podemos dejar de establecer relaciones. Y esto no le ha sido reservado a las substancias, que son eternas.

La mónada debe resignarse a ser en continuo devenir.

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